martes, 19 de junio de 2018

El Avión. Valerie Brathwaite

Todo es un juego, incluso la guerra, el hambre, la indefensión. Sólo es cuestión de cambiar de un tablero a otro, moverse de un terreno a otro. Pasar de la simulación lúdica a la confrontación real, donde "todo está en juego", desde el deseo hasta la sobrevivencia y donde al final todos pierden, incluyendo a los que obtienen la victoria.

Valerie Brathwaite aborda esa parábola frustrante en El Avión, basándose en la estructura gráfica de uno de sus juegos predilectos de la infancia, dentro de cuya  retícula ha intercalado imágenes, letreros y signos que delatan un panorama de incertidumbres, conflictos, decepciones que marcan la pérdida de la inocencia. La artista recuerda la emoción que le producía  este divertimento durante su niñez, pero también lo que significó para ella el reconocer que el juego de la vida no era tan placentero y que en lugar de gratificaciones y afectos lo que hay es insensatez, discriminación, muerte, chauvinismo,  intolerancia, xenofobia.  


Con esta propuesta -muy puntual en su trayectoria creativa-, Valerie se aparta momentáneamente de los elementos característicos de su producción, comúnmente centrada en el manejo de formas orgánicas de alta depuración sensible. En contraste con ello, en El Avión la artista recurre al collage, la imagen documental, la textualidad y la gestualidad pictórica. 

Pero, ¿por qué este giro tan drástico de un lenguaje a otro? ¿por qué esta ruptura con el apacible mundo de sus esculturas blandas y jardines cerámicos? Este trabajo, tal como sugiere la artista, implica el tránsito del mundo hechizado de las artes al territorio agónico de una humanidad convulsionada. De esta manera supone un punto de inflexión en la postura de la artista que reemplaza, al menos temporalmente, el sofisticado imaginario de las formas que la distinguen, por una iconografía surgida de la hostilidad  y el sobresalto confrontador de las imágenes. 

Aquí el juego se ha transformado en una batalla. Cada cuadro en la geometría de El Avión, es en realidad un abismo que hay que saltar a riesgo de perecer o ser mutilado por el peligro. La "zona segura" de la retícula del juego ha desaparecido. Ahora es un "campo minado", como cualquier calle de Venezuela o cualquier ciudad del mundo. Donde quiera que uno apoye sus pies hay una escena trágica. Las reglas no son muy claras, ni tampoco es diáfana la utilidad de jugar un juego que no se puede ganar. Digamos entonces que El Avión de Valerie no es un artilugio lúdico sino un dispositivo para meditar, ahora que la artista nos ha mostrado la reversa del espejo del país de las maravillas y la realidad se ha hecho visible.

miércoles, 4 de abril de 2018

María Virginia Pineda. Paisaje a máquina


En la exposición “Paisaje a Máquina” de María Virginia Pineda (Mérida, 1980) la estrategia se traslada de la obra al texto que la comenta sin pasar por las exigencias técnicas del medio plástico. La artista prefiere la máquina de escribir en lugar del pincel, el lápiz o la cámara fotográfica. Como el enigmático Pierre Menard, la autora transcribe fragmentos de textos críticos sobre el paisaje, uno de los motivos arquetipales del arte venezolano durante los siglos XIX y XX.


El observador de estos trabajos, realizados en tinta mecanográfica sobre papel, no tiene ante sí la incandescencia pastosa del óleo, ni el claroscuro argentado de la fotografía. Tampoco puede apreciar el contorno inciso del grafito ni la leve atmósfera que dejan los pigmentos al agua. Debe, por el contrario, inferir lo visible a través de la escritura; unas veces alegórica otras anecdótica. “Las palabras afirma la artista son utilizadas para activar esa contemplación, de alguna forma la dirigen”.

Sin líneas, ni manchas, ni formas que delaten la exuberancia sensible de los lugares narrados, cada quien tiene la oportunidad de hacer su propia “lectura” de la escena descrita. Lo que se ve, está “cincelado” a máquina y su única impronta visible son las inscripciones tipográficas sobre el papel. Eso nos recuerda que al final –como al principio el dibujo, la pintura e incluso la fotografía son cosas mentales.



Decir que “el texto es la imagen” –como alguna vez esgrimió Joseph Kosuth– es algo más que un argumento ingenioso. En realidad, es reconocer el lazo ecfrásico que hay entre el verbo y lo visible. En el caso de la propuesta de María Virginia Pineda, “el texto es el paisaje”, el territorio donde se emplazan árboles, estanques, llanos, páramos y montañas que no se ven, pero que emergen precisamente de la imagen que la palabra configura. A fin de cuentas, la palabra escrita es aquí el borde mecanográfico de un paisaje ciego.

Pero, ¿Por qué ese desvanecimiento de la materia visible y su remplazo por el verbo configurante? ¿Por qué esa paradójica desaparición  de los horizontes, las  tonalidades y las texturas? Sucede que el texto crítico en su afán de valorar y enaltecer la tradición paisajística se ha convertido en la paráfrasis escrita de aquella arcadia equinoccial, plasmada seminalmente por pintores, dibujantes y fotógrafos. Importa entonces, revisar esas anotaciones y escrutar –como lo hace la artista– la manera en que estas construyen la voluptuosa mitografía del paisaje local.



Al ser la representación de la representación, el texto crítico es también la traza inasible de un esfuerzo imposible por aprehender los atributos de una obra –ya sea pictórica, dibujística o fotográfica– cuyo referente también está en otra parte. De esta manera, la exposición “Paisaje a máquina” es la suma de varios diferimientos que van del texto a la imagen y de esta a la realidad, resumiendo así la frustración de una quimera intraducible que sólo puede ser descrita pero no mostrada.