sábado, 10 de noviembre de 2018

Territorios expandidos. Zeinab Rebeca Bulhossen


“Territorios expandidos", muestra individual de Zeinab Rebeca Bulhossen, toma como punto de partida una colección de tarjetas telefónicas emitidas por la CANTV a fines de los años noventa e ilustradas con imágenes de diversos sitios de Venezuela, entre los que se encuentran el Río Caroní, el Salto Acha, el Salto Techinek-Merú y la Cueva del Guácharo, así como registros del modo de vida de los Yanomamis (pesca, alimentación). La artista reubica dichas tarjetas en una superficie mayor, generando una alteración de la escala y significado de las imágenes, al tiempo que propone un diálogo analítico entre el dibujo y el medio fotográfico.
La propuesta nos presenta un panorama más amplio que el que muestran las tomas seleccionadas, ahora convertidas en un elemento más de la composición. Se plantean aquí una serie de interrogantes acerca de la naturaleza de los medios y los límites de la representación. Frente a ello, la autora se pregunta: “¿cómo puedo separar un plano del encuadre? ¿Únicamente vemos lo que nos muestra la imagen?”.
En realidad, la acción de “encuadrar” supone fijar un límite, establecer un marco para la visión, una zona que delimita el registro de una escena. Tal operación puede tener un condicionamiento técnico (el lente fotográfico), estético (la composición) o cognitivo (el interés que impulsa el registro); y éste a su vez, puede responder a propósitos descriptivos o ideológicos, según la intención. Considerando estos elementos, reaparece aquí la recurrente asimetría o incongruencia entre la intencionalidad y la dudosa fidelidad de los dispositivos de captura y reproducción de lo real.
Ciertamente, no se puede separar la imagen del medio, que es a fin de cuenta el dispositivo que garantiza la captura y reproducción de lo real. El horizonte continúa más allá del límite de la imagen; es decir, más allá del encuadre (como efectivamente sucede en la realidad), expandiéndose fuera del campo de visión. Lo que no se ve en la imagen, puede ser completado con la mente, siendo el dibujo el sucedáneo de la realidad suprimida por la visión. Ese trozo invisible que queda fuera es el que recoge el plano que contiene las tarjetas telefónicas.
De esta manera, volvemos al problema de la reproducibilidad, el lugar y el sentido. La imagen fotográfica como visión parcial, restringida a un marco perceptual que omite el contexto, dejando fuera del horizonte el sitio del registro. Solo allí nos damos cuenta que la convención prevalece sobre lo real. Ante ello, la artista propone un ejercicio de expansión que contiene su propia impronta, sus trazos, su recorrido por una geografía que no acaba en la imagen. Lo hace yuxtaponiendo el dibujo y la fotografía, añadiendo al paisaje el trozo de horizonte que le falta, completando el panorama que está fuera del encuadre. Hay aquí, naturalmente, una paradoja irreductible, un nuevo marco y con este un nuevo límite perceptual. Solo que este ámbito expandido reconoce -ahora si- la huella de una subjetividad que es consciente de su finitud e intencionalidad. Se da aquí la reconstrucción de un habitad al que se incorpora una traza individual; una episteme que recupera la huella del cuerpo que percibe. De ahí la dimensión performática de esta tentativa.


Territorios expandidos 
(Texto de la artista Zeinab Rebeca Bulhossen)

Hace tiempo, recibí como obsequio de un amigo su colección de tarjetas telefónicas emitidas por la CANTV, (principal empresa de telecomunicaciones de Venezuela). Muchas de ellas se ilustraban con obras de fotógrafos venezolanos reconocidos. Inicialmente me interesaron por lo que significaba la circulación pública de estas imágenes (su calidad y estética), y por la posibilidad que sugerían de manipularlas libremente. Fue así como seleccioné aquellas que registraban lugares venezolanos, incluyendo algunas que correspondían con viajes que hice por el país.

Dada mi inquietud constante por la conjunción de medios, consideré explorar posibles relaciones entre la fotografía y el dibujo (“fotodibujos”), buscando derivar hacia otros modos de hacer imagen. Así, utilicé los motivos de las tarjetas no como un paisaje contenido en una pequeña fotografía sino como el encuadre de una composición, un territorio, un área física propia, separándola del primer plano y, en otros casos, sumergiéndola en un plano general (panorama), modificando “el encuadre”, conjugando dos o tres encuadres en una misma composición, lo cual ha permitido alterar materialmente sus componentes haciendo que surjan interrogantes como:

El dibujo a través del trazo manual, ¿cómo interactúa con la imagen mecánica capturada por cámara?.

¿Es un plano una superficie bidimensional?, ¿puedo separarlo de la imagen plana (fotografía) sin que pierda correspondencia referencial?. Si la imagen es plana, ¿cómo puedo separar un plano del encuadre?.

¿Cómo vemos un plano?, ¿por qué es explanado? o ¿por qué corresponde a las capas que ocupa en un espacio encuadrado?

El horizonte es una convención que trazamos entre el suelo y el cielo, cuando
trasladamos la tierra del lugar (playa ó médanos) y la extendemos a una línea: ¿se crea un horizonte real?

Siendo el límite de nuestra mirada: ¿Por qué es inaprensible el horizonte?

¿Únicamente vemos lo que nos muestra la imagen?


martes, 19 de junio de 2018

El Avión. Valerie Brathwaite

Todo es un juego, incluso la guerra, el hambre, la indefensión. Sólo es cuestión de cambiar de un tablero a otro, moverse de un terreno a otro. Pasar de la simulación lúdica a la confrontación real, donde "todo está en juego", desde el deseo hasta la sobrevivencia y donde al final todos pierden, incluyendo a los que obtienen la victoria.

Valerie Brathwaite aborda esa parábola frustrante en El Avión, basándose en la estructura gráfica de uno de sus juegos predilectos de la infancia, dentro de cuya  retícula ha intercalado imágenes, letreros y signos que delatan un panorama de incertidumbres, conflictos, decepciones que marcan la pérdida de la inocencia. La artista recuerda la emoción que le producía  este divertimento durante su niñez, pero también lo que significó para ella el reconocer que el juego de la vida no era tan placentero y que en lugar de gratificaciones y afectos lo que hay es insensatez, discriminación, muerte, chauvinismo,  intolerancia, xenofobia.  


Con esta propuesta -muy puntual en su trayectoria creativa-, Valerie se aparta momentáneamente de los elementos característicos de su producción, comúnmente centrada en el manejo de formas orgánicas de alta depuración sensible. En contraste con ello, en El Avión la artista recurre al collage, la imagen documental, la textualidad y la gestualidad pictórica. 

Pero, ¿por qué este giro tan drástico de un lenguaje a otro? ¿por qué esta ruptura con el apacible mundo de sus esculturas blandas y jardines cerámicos? Este trabajo, tal como sugiere la artista, implica el tránsito del mundo hechizado de las artes al territorio agónico de una humanidad convulsionada. De esta manera supone un punto de inflexión en la postura de la artista que reemplaza, al menos temporalmente, el sofisticado imaginario de las formas que la distinguen, por una iconografía surgida de la hostilidad  y el sobresalto confrontador de las imágenes. 

Aquí el juego se ha transformado en una batalla. Cada cuadro en la geometría de El Avión, es en realidad un abismo que hay que saltar a riesgo de perecer o ser mutilado por el peligro. La "zona segura" de la retícula del juego ha desaparecido. Ahora es un "campo minado", como cualquier calle de Venezuela o cualquier ciudad del mundo. Donde quiera que uno apoye sus pies hay una escena trágica. Las reglas no son muy claras, ni tampoco es diáfana la utilidad de jugar un juego que no se puede ganar. Digamos entonces que El Avión de Valerie no es un artilugio lúdico sino un dispositivo para meditar, ahora que la artista nos ha mostrado la reversa del espejo del país de las maravillas y la realidad se ha hecho visible.

El avión de Valerie*
Cuando emprendí mi proyecto, El avión, necesitaba expresar mi desolación y confusión; para hacerlo requería romper con mis sueños de niña ingenua; de borrar o redibujar esas fantasías que atesoraba en el avión de mis juegos infantiles. Elaboré un nuevo avión en cuyas secciones plasmaba o exorcizaba los “feelings” que ahora enfrentaba en mi experiencia vital.
Mi nuevo avión quedo estructurado de la siguiente manera: En su primer rectángulo hago referencia a la guerra que recién empezaba  en Yugoslavia, esta situación me frustró enormemente porque tenía planes de viajar a ese país donde tenía muy buenos amigos desde que estudiaba en Europa.
En el segundo rectángulo aparece el símbolo del dólar como alusión al poder de la manipulación monetaria. Para mí resultaba repugnante como ciertos países vertían a los océanos ríos de leche fresca para impedir que sus precios bajaran en los mercados, sin la menor consideración a los miles de niños que morían de hambre en los países más pobres.
En el tercer elemento aludo a las hambrunas que asolaban varios países africanos, luego de su liberación. En el primer par de alas aparece una esvástica con la palabra “neo” repetida en diagonal y la palabra “ismos” repetida infinidad de veces, metáfora de la influencia persuasiva de los ismos en la psicología del ser humano y barrera a la unión de los pueblos. También aparece reflejada mi preocupación surgida a raíz de la creación de la Galería de Arte Nacional. En mi opinión se despojaba al Museo de Bellas Artes de parte de su sede y de su colección, con un enfoque de matices políticos y nacionalistas, en detrimento de la excelencia artística.
En el último par de alas retomo nuevamente aspectos relacionados con las guerras que sucedían en el mundo. Con mi nuevo avión quise mostrar mi angustia por el sempiterno regreso de las guerras desde que el hombre es hombre. Me desilusiona que el adelanto cultural y tecnológico no haya apaciguado los instintos destructivos del ser humano.


*Extracto de una conversación de Valerie Brathwaite con Nelson Otero en torno a su proyecto “El avión”. Corrección: Leonardo Nieves